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jueves, 24 de diciembre de 2009

LOS ESPECTROS DE LA CASA CUNA

Cuando iba en el coche repasando todo el material de archivo que tenía en mi poder sobre este caso, me venían a la mente imágenes de películas clásicas de terror. Sólo que ahora me enfrentaba a una realidad capaz de desconcertar a la mente más pleclara. Posiblemente sea un arquetipo que se marcó nadie sabe cómo en lo más profundo de nuestro subconsciente, pero no hay nada más tenebroso en la oscuridad de las sombras que el rostro pálido y mortecino del espectro de un niño. Una cara mezcla de ángel y demonio que nos acecha despiada con la frialdad de la muerte. Y es que desde que nacemos nos enseñan a no creer en fantasmas, el problema surge cuando testigos sin ánimo de lucro y sin ni tan siquiera conocerse afirman haberse enfrentado a una misma realidad imposible en un idéntico lugar. Espíritus de adolescentes cuya vida fue sesgaga décadas atrás por un terrible accidente.

La temperatura bajana unos grados y hacía que una buena parte de los habitantes de Cádiz se decidieran a dar un paseo recogiendo cpn agrado la fresca brisa marina. La posguerra marcaba todavía a una sociedad española que pocos años antes había llegado a su fin, pero poco a poco se iba recobrando la normalidad en un país bajo las cadenas de la dictadura. Aquella tarde gaditana era única para mostrar a modo de pequeño teatrillo cómo vivía la sociedad española de aquella época. La plaza de los toros de la ciudad hacía de improvisado cine de verano, la playa estaba a rebosar, con miles de niños comiendo helados y golosinas. Todo el mundo hacía lo posible para olvidar la tragedia que había marcado los anteriores lustros; sin embargo, el caprichoso destino iba a jugar una broma macabra a los habitantes de la tacita de plata.

Según describen los testigos, un horroroso estruendo y gran destello rojo salpicaron el horizonte. A la vez una honda expansiva cargada de calor y de olor a muerte recorrió en un segundo la bella ciudad andaluza. El ocre del cielo se pudo ver a cientos de kilómetros, mientras que en la bahía, los gritos, el desconcierto y los lloros corrieron raudos como una terrible epidemia. Eran las 21:45 del 18 de Agosto de 1947 una fecha que quedará marcada para siempre en la parte más lúgubre de nuestra historia. Detonaban al unísono 1109 minas de la base número uno de la Defensa Antisubmarina. Casi todas ellas procedían de la Segunda Guerra Mundial, en la que ingleses y nazis pugnaron por el control del estrecho de Gibraltar. Supuestamente estaban desactivadas y se guardaban allí por si en un futuro era necesario su uso o se recilaba su mortífera carga; sin embargo la explosión fue un hecho consumado que grupos antifranquistas en el extranjero atribuyeron incluso a una acción de sabotaje. Hecho que por otro lado jamás ha sido aclarado. En principio sólo podemos afirmar que estallaron sin más. El puerto y los barrios periféricos de Cádiz quedaron seriamente dañados, y el destrozo no fue peor gracias a la vieja muralla que rodea el casco viejo. Ésta hizo de parpadeo y amortiguó la onda expansiva. Todos los militares de la provincia se movilizaron de inmediato, era necesario antes de nada sofocar el incendio que se había provocado, pues quedaba otro número indeterminado de minas que podía también estallar causando más muertes y destrucción. Los cadáveres se iban acumulando en la playa, lugar que también se utilizó para porteger a la población civil hasta que fuera sofocado el incendio de la base naval. Cádiz era en aquel instante una ciudad fantasma.

Cuando el oficial al mando entró junto a otros militares en el almacén que había sido causa de la tragedia, se sentó encima de una de las gigantescas minas que estaban intactas y encendió una cerilla friccionándola contra su rugosa piel de hierro. Dando fuego a su cigarillo miró al resto y les dijo: "No os preocupéis que éstas ya no explotan". El incendio se apagó, pero la herida que se abrió aquella noche tardó varias décadas en cicatrizarse, si es que en algún momento se ha cerrado realmente.

La lista de fallecidos que hay en la actualidad eleva el número hasta 151, cifra que hay que tomas con ciertas reservas pues al régimen franquista tampoco le interesaba que los muertos fueran demasiados. De ahí que haya capítulos como el de los desaparecidos que no quedan demasiado claros. Lo que está fuera de cualquier dicusión son los daños materiales, y es que buena parte de Cádiz y su puerto quedaron simplemente reducidos a un puñado de escombros. Uno de los lugares más castigados due la vieja casa cuna, hogar por otro lado de los que ya eran por sí desgraciados.

  • La casa de expósitos
Cuando me encontraba en el archivo provincial de Cádiz contemplando los viejos documentos de la casa cuna vislumbraba entre sus letras de tinta acaramelada un terrible y oculto pasado. Antiguos manuscritos de finales del siglo XIX y comienzos del XX en los que se detallaba la entrega de bebés desahuciados a las monjas de la caridad. Recién nacidos que eran abandonados en un torno por una madre cuya vergüenza sería ya su única compañera hasta la tumba. Entre los papeles pude ver octavillas a las que se hacía una filigrana con tijera para ser partidas en dos. Un trozo para las religiosas, el otro para su progenitora, por si en algún momento se arrpenetía y decidía años más tarde recoger a su infante. Ésa era en aquella casa la única llave de la verdad. La realidad de que aquellos muchachos, aunque portasen el terrible apellido de expósio, tenían como cualquier ser humano unos progenitores que en este caso ocultaban su verdadero nombre. Los niños se criaban allí aparte de una sociedad que les repudiaba por su oscuro pasado. Bastardos, anónimos, fruto de relaciones ajenas al matrimonio, castigados por un pecado que ellos no habían cometido. Es díficil imaginarse cómo era la vida en aquel repudiado lugar. Posiblemente las monjas intentaban llenar con su cariño el alma que se les había negado. El caso es que aquel edificio que a tantos olvidados había protegido fue uno de los más castigados por la explosión de agosto de 1947. Diecinueve muchachos, nueve niñas, cinco monjas y doce sirvientas perdieron allí sus vidas. Cuarenta y cuatro personas en total aparte de la destrucción del edificio.

Cádiz tardó años en reponerse de aquel dduro golpe, sin embargo, lo que nos importa ahora es que el año 1956 se alzó sobre aquel solar otro nuevo edificio: la Insitución Provincial Generalísimo Franco, en la que también se educaron a niños con todo tipo de problemas. De aquel inmueble tan sólo queda hoy en día un ala que alberga la sede del Inem y lo que fue hasta hace años la sede de Radio Onda Litoral. Las recientes excavaciones que han sido pertrechadas sobre el mismo lecho han sacado a la luz los restos de una antigua necrópolis romana de la que no se tenía noticia. Es como si desde antaño viejos espíritus hubiesen morado en un mismo lugar. Y es que es preciaamente eso lo que han visto decenas de testigos:espíritus, sombras, fantasmas, almas en pena o llámenlo como quieran. Recuerdos de un pasado oscuro y tenebroso que nos hace pensar que existe otra realidad.

  • Sombras, niños y espectros
Eva María García es hoy en día una mujer que recuerda con nostalgia el tiempo que pasó en la Institución Provincial de Enseñanza. Finalizó sus estudios allí en el año 1989 y junto a multitud de personas fue testigo en primera persona de diferentes fenómenos extraños. Los profesores les tenían prohibido comentar a los alumnos todos los hechos sobrenaturales que allí acontecían, pero el silencio no ocultó una verdad de la que fueron participes infinidad de gaditanos. Ruidos extraños, puertas que eran cerradas por manos invisibles dando fuertes golpes e incluso una campanada que una noche comenzó a sonar sola. Junto a otras muchachas, Eva María realizó varias sesiones de espiritismo en dependencias apartadas del colegio. Pertrechadas con una Biblia y unas tijeras que eran atadas al interior del libro sagrado comenzó su coqueteo con ese otro lado. Dos estudiantes soportaban con un dedo de cada una de sus manos aquel artilugio, mientras que las demás hacían preguntas que eran respondidas con un sí o un no en función de qué dirección se girase la Biblia. En una de aquellas tardes una de sus compañeras cayó en un extraño trance en el que se desvaneció. Sus ojos quedaron en blanco y su voluntad cegada como si un ente de otro mundo la hubiera poseído. Pero eso no fue lo único insólito que contempló. En algunas ocasiones las tijeras se cerraban o se abrían por dedos que nadie observó. También fue Eva Maróa testigo de extraños ruidos mientras se celebraban las sesiones o fuera de éstas, golpes duros y secos que se oían desde el interior del inmueble, o corretear de pasos realizados por alguien invisible. Pero sin duda lo que más le chocó fue que alguna de sus compañeras le comentara que había podido ver durante unos instantes el espectro de una monja vestida a la antigua usanza paseando por el patio del colegio.

Andrés Gómez Prat, que era ajeno a esta información, llegó hasta este mismo edificio en 1991 como presidente de la asociación de Radio Onda Litoral. El estudio del citado medio de comunicación estaba situado al final de una escalera que daba a un largo pasillo sin salida. Una noche en la que estaba junto a otro compañero pudo ver cómo dos muchachos vestidos de una forma extraña pasaban corriendo por el pasillo que tenían a su lado. La escena la contemplaton a través del cristal del estudio de grabación. Andrés salió en seguida para llamar la atención de los chavales, pero ante su estupor al salir al pasillo no pudo ver a nadie. Revisó la primera planta del inmueble, y nadie estaba allí. Bajó incluso para hablar con el ordenanza que había en la puerta y comentarle lo sucedido y éste le respondió que era imposible, pues junto a él no había pasado alumno ni persona alguna, además de que el edificio llevaba solo bastante tiempo. Éste, sin embargo, no fue el único incidente que vivió con seres espectrales el bueno de Andrés. Otra madrugada en la que se encontraba grabando cio cómo una monja vestida a la antigua usanza, con un alerón grande sobre su cabeza, pasaba como flotando por el oscuro pasillo que tenía enfrente. Un terrible escalofrío recorrió su espalda. Pensándoselo dos veces salió afuera y de nuevo la nada fue su única compañera.

El caso es que los viejos espectros que han sido contemplados por infinidad de testigos nos siguen desafiando, pues nadie ha podido explicar su intrigante espera.

Almas o simplemente recuerdos de los que se apegaron a un sitio, pueden ser vistas años más tarde por nosotros.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

LOS FANTASMAS DE LA CRUZ ROJA

Las antigua sede granadina de la Cruz Roja lleva siendo desde hace tiempo escenario de todo tipo de fenomenología extraña. Apariciones fantasmales, psicofonías, voces inexplicables no emitidas por garganta humana... El antiguo centro sanitario se ha convertido por derecho propio en la más reciente adquisición de la ya de por sí nutrida geografía mágica de Granada. La que se dice que es la ciudad de España con una mayor propensión a la fenomenología paranormal.

A veces se da un contraste interesante. Edificios que de día parecen absolutamente normales. Que incluso muestran una actividad frenética por tratarse de centros de trabajo o incluso edificios oficiales. Pero cuando las sombras comienzan a cernirse sobre la ciudad y la gente empieza a abandonar las calles, todo cambia, y al amparo de la oscuridad, bajo la luz espectral de la Luna, las memorias del oscuro pasado de estos inmuebles recuperan su lugar.

Esto es lo que al parecer sucede en la actual sede de la Cruz Roja en Granada, sita en un enclave que se ha caracterizado por albergar sucesos trágicos y extraños a lo largo de toda su historia.

Lo saben bien los vecinos del barrio, en especial, los niños. Entre los muchachos de la zona, el edificio ha tenido tradicionalmente fama de ser una casa encantada. Eran habituales las apuestas y los retos de valor entre los chavales que acudían al lugar a "ver fantasmas" y, según muchos, los veían. Si no fantasmas, al menos cosas extrañas, como luces inexplicables en las ventanas del edificio entonces desocupado. Los más afortunados llegaron a ver lo que definen como un aura de aspecto lechoso y con forma levemente humana. Ante semejante aparición lo normal era que los niños salieran corriendo despavoridos.

Este edifcio está situado en la Cuesta de Escoriaza. En los años cuarenta del siglo pasado era una fábrica de telas; ya entonces se decía que ocurrían hechos insólitos y que en ella habitaba un espectro que vagaba por el jardín. Cuando la fábrica se cerró, los mayores prohibían a los niños jugar en aquel lugar y les advertían que no entraran, sobre todo, en el desván. El edificio ha tenido múltiples usos a lo largo de su historia: hospital, establecimiento militar y, finalmente, sede de Cruz Roja.

En 1950 se derribó se derribó finalmente la fábrica de telas y en su solar se construyó un hospital y leprosería. Es un edificio gris que, al ponerse el sol, se toma aún más tenebroso. Llama poderosamente la atención que la zona donde se perciben con mayor asiduidad estos fenómenos coincida con el lugar en el que se encontraba el depósito de cadáveres del antiguo hospital.

Sin embargo, con el paso del tiempo la fenomenología extraña fue remitiendo hasta desaparecer. Parece ser que el repunte contemporáneo de esta fenomenología se remonta a nuestros días. Un voluntario de Cruz Roja, Miguel Ruiz, murió en accidente a finales de la década de los ochenta y sus compañeros decidieron recurrir a la güija para ponerse en contacto con su espíritu. Sea como fuere, a partir de ese desafortunado momento comenzaron a ocurrir toda suerte de hechos anormales: golpes, ruidos en la noche, taquillas y muebles que se mueven, incluso un sonido como si alguien estuviera apedreando las ventanas... Se escuchaba el sonido de los cristales qubrándose, incluso el ruido de la piedra rebotando en el suelo, pero cuando los voluntarios acudían a comprobar lo sucedido, se encontraban con que todas las ventanas estaban intactas.

Esto, lejos de desanimar a los participantes, les llevó a aumentar el número de improvisadas sesiones de espirtismo, lo que, a su vez, en un extraño fenómeno de retroalimentación, provocaba que los fenómenos crecieran en intensidad y frecuencia.

Esta secuencia recuerda el famoso caso de Cerler: un apartado cuartel de montaña, una luz, una muerte, siete soldados muertos y, a partir de entonces, en ese cuartel, bastante tenbroso, las taquillas se abrían y se cerraban. Y alguien lo empeoró todo cuando hicieron una sesión de güija en aquel lugar. A veces estas sesiones son como detonantes: ocurren hechos incomprensibles y, a veces, el remedio es peor que la enfermedad.

La fenomenología comenzó a extenderse a otras zonas de las dependencias, como los almacenes. Allí ocurrió más de una vez que una vez ordenado e inventariado todo el material, se escuchaba un estruendo, y los que acudían a ver qué había pasado se escontraban con la desagradable sorpresa de ver desparramado por el suelo todo lo que apenas unos segundos había sido dejado en perfecto orden.

La rudimentaria tabla güija la habían grabado los voluntariados a navaja en el reverso del tablero de una mesa que se encontrba en la planta superior, en la sala donde estaba la emisora de radio. Lo normal era que una persona hiciera guardia ante la emisora, completamente solo, mientras el resto descansaba abajo. Al menos ésa era la teoría porque lo cierto es que nadie era capaz de estar allí solo ni cinco minutos. Al poco tiempo de estar allí, el coluntario de turno comenzaba a percibir toda clase de ruidos inexplicables y una sensación extraña como si el ambiente estuviera cargándose de tensión.

Probablemente la sugestión provocada por las historias que circulaban entre los voluntarios tuviera mucho que con esto. Pero hay fenómenos que van más allá de la simple sugestión. Un día, uno de los coluntarios se encontró con un hombre mayor y vestido con traje militar, aunque sin ninguna insignia ni identificación, que pidió visitar el centro porque había sido un antiguo mando del lugar y le gustaría rememorar aquellos días así como comprobar los cambios que se habían introducido en el edificio. También le preguntó por un tal capitán Martínez. El voluntario respondió que hacía años que no trabajaba allí, pero que en el archivo podrían estar sus señas. Ambos se dirigieron al archivo, pero sólo uno de ellos llegó ya que por el camino el visitante se esfumó en el aire como por arte de magia.

Al principio, el voluntario Sevilla no le dio mayor importancia al incidente, hasta que, tiempo después, vio en la sala de juntas un retrato que coincidía con él. Se trataba del comandante Ballesteros, que ya llevaba tiempo fallecido. Al aparecer, el fallecido Ballesteros se convirtió en asiduo del lugar y fueron muchos los que lo vieron.

Desde la dirección de la Cruz Roja en Granda se ordenó a trabajadores y voluntarios un tajante silencio sobre el tema. Un silecio que todavía dura, y prueba de ello fueron las dificultades que tuvio el equipo de The Overlook Tour para encontrar testigos dispuestos a hablar ante las cámaras. Los pocos que accedieron a hacerlo pidieron de hecho que su identidad fuera preservada.

Por supuesto, no todos han tenido este tipo de experiencias, como es el caso de comunicante cuyo testimonio recogemos a continuación:
"Hola a todos. Yo soy voluntario de esa institución desde hace más de 11 años. Pasé mi periodo de Prestación Social Sustitutoria haciendo guardias de 24 horas y durmiendo solo bastantes veces. Jamás pondré en entredicho la palabra de un compañero, pero desde mi propia experiencia os diré que ojalá alguna vez me hubieran pasado a mí (o me pase, ya que sigo en activo) algunas de las historias de fantasmas que se cuentan, más que nada por tener alguna expriencia paranormal que contarles a mis amigos. Nunca he escuchado un ruido raro, jamás he oído pasos de alguien que no sea el personal que está de guardia, nunca he visto luces que se enciendan o se apaguen solas, y por supuesto nunca he visto en la asamblea la presencia de nadie que yo no conociera".

Incluso hay quien piensa que se trata de una suerte de leyenda urbana de la Cruz Roja: "Yo tengo la teoría", cuenta otro voluntario, "de que todas las asambleas de Cruz Roja tienen su fantasma. Es curioso que si hablas con alguien de Cruz Roja de otro lugar de España siempre tiene una historia de fantasmas en su asamblea". Ello puede deberse a que muchas de estas asambleas se encuentran en edificios antiguos y cargados de historia que, antes de ser ocupados por la Cruz Roja, ya arrastraban su propio acervo de leyendas.

Por ejemplo, se cuenta que en la base de Cruz Roja en Grecia de Alajuela, un doctor falleció años atrás en un accidente. El relato que circula por allí afirma que en varios siniestros ocurridos cerca de la zona donde murió se le ha visto ayudando a los pacientes antes de ser evacuados por las ambulancias. También en la zona de Gauanacaste se dice que aparece una enfermera ensangrientada que intenta detener a cuanta ambulancia pasa por allí.

En la Cruz Roja de Ciudad de México también existen varias historias de sucesos paranormales. Se habla, por ejemplo, de ambulancias cuyas luces y sirenas se encienden solas sin intervención humana alguna. Se han avistado sombras en lso pasillos y es muy popular entre el personal ka cibicuda cini "la planchada", una enfermera que camina por las dependencias velando a los moribundos. En la central de radio se cuenta que algunos días se escuchan transmisiones realizadas por voluntarios que murieron hace tiempo; también se ha informado de la presencia de una ambulancia fantasma, sin matrícula ni logotipos, y que nadie sabe de dónde sale.

martes, 1 de diciembre de 2009

EL CEMENTERIO DE CÁDIZ

Los cementerios ejercen una gran fascinación entre todos los vivos, en ellos no sólo descansan nuestros amigos y seres más queridos, sino también las tumbas, que muchas veces nos hablan de las personas que un día estuvieron entre nosotros.

En muchos camposantos el estertor de la muerte se convierte en una afirmación de que la vida continúa pues los que se fueron se manifiestan entre nosotros de las maneras más sorprendentes.

Uno de los camposantos de la ciudad andaluza de Cádiz es muy conocido porque a él fueron a parar los 152 fallecidos que hubo en la terrible explosión de un cuartel militar en 1947. Sin embargo, su historia trágica viene de mucho más atrás, en concreto desde principios del siglo XIX cuando una terrible epidemia colapsa por primera vez este lugar de descanso eterno. En 1992 ya no había espacio ni para una sola tumba más. A partir de este instante sus nichos empiezan a vaciarse para transportar los restos humanos a otros cementerios de la ciudad.
En la actualidad está a punto de ser completamente destruido para que su espacio sea ocupado por un parque público donde se construirá una pirámide que lleve inscritos los nombres de los miles de gaditanos que reposaron en él.

Desde hace décadas hay rumores acerca de la existencia de fenómenos extraños en su interior. Pero no fue hasta los años noventa que este tipo de historias pudieron ser comprobadas y sacadas a la luz.

El vigilante de seguridad Alfonso Cozar Romero entró a prestar servicio en el citado lugar en el año 1991 y desde que comenzó a trabajar ya escuchó diversos rumores que hablaban de apariciones insólitas y de ruidos inexplicables de madrugada. Sin embargo, este hombre experto en todo tipo de tareas relacionadas con la seguridad no le dio importancia a los comentarios de sus compañeros. Hasta que una noche, sentado en la caseta que se encuentra muy cerca de la entrada, sintió un fuerte golpe en la espalda, Alfonso se giró pero ante su asombro no pudo ver a nadie, lo que contempló fue cómo un ruido inquietante se adueñaba de la estancia a la vez que se movían de forma descontrolada los objetos que tenía encima de la mesa. Recuerda también que una tarde de verano pudo contemplar justo a la hora de cerrar el cementerio al público, tras dar la ronda de costumbre para que nadie se quedara dentro, vio a lo lejos a un hombre joven que vestía con pantalón azul y camiseta a rayas como las que llevaban los marineros.
El chico le hacía gestos con su mano a la vez que mostraba una mirada extraña y perdida. Alfonso se dirigió hacia él, pero al observar de nuevo el sitio donde apareció el joven, contempló atónito que éste no estaba. Echó a correr para ver si era un gamberro que quería colarse dentro. Con la linterna en la mano iba donde había visto al chico, hasta que asustado comprobó cómo en uno de los nichos estaba la foto del fantasma que había observado.